Buenos Aires campo adentro, descanso y tradición gauchesca

Una siesta, un asado, una caminata bajo el cielo estrellado. Todo eso se conjuga en los campos de Buenos Aires, donde la magia de la pampa brilla y los gauchos comparten su historia.

Los grillos cantan, pero dentro de la pulpería es más fuerte la voz de los paisanos, que se ríen, conversan y están siempre dispuestos a compartir sus cuentos e historias. La narración oral brilla en los pueblos de la provincia de Buenos Aires y no hay tranquera que la detenga. Así se mantiene viva la tradición, que en la inmensidad pampeana recibe a los visitantes para mostrarles sus secretos.

Llenos de encantos desfilan San Miguel del Monte, San Antonio de Areco, Exaltación de la Cruz, Carmen de Areco, Cañuelas, General Madariaga, Chivilcoy, Tapalque, San Andrés de Giles, General Paz, Pergamino, General Lavalle, Chacabuco, Bolívar, Ayacucho, Chascomús, Capitán Sarmiento, Castelli, Magdalena, Saavedra, San Andrés de Giles, Lobos, Lujan, Bragado y Coronel Brandsen, cada uno con sus particularidades.

Pasar el día o quedarse a dormir en un rancho, una de las más de 300 estancias de la zona, una casa de campo o un alojamiento rural es parte de la experiencia. A caballo, en sulky, en bicicleta o a pie, un paseo sorprende con lo más auténtico de la vida gauchesca en una escapada cualquier fin de semana del año. Una construcción histórica, un aljibe o un molino ofrecen una postal que parece un cuadro de Molina Campos, y siempre aparece alguien dispuesto a convidar un mate amargo.

Desde temprano, en pareja, con amigos o con la familia, las actividades más diversas comienzan a recibir a los viajeros. Se invita a aprender sobre la vieja labranza y los cultivos, apicultura, siembra de plantaciones de soja, maíz, trigo y girasol o tareas en el tambo y la granja. La magia continúa en cualquier almuerzo en un viejo almacén o una pulpería. Después de la acción, los visitantes se rinden sin culpa ante los asados y los guisos caseros. A la hora de la siesta, la copa de árboles centenarios ofrecen su sombra y cada detalle se sucede con el ritmo sosegado de los pueblos que invita a la desconexión y la paz, pero también a la diversión a lo grande si se forma parte de una fiesta popular, como la del Dulce de Leche cada mes de noviembre en Cañuelas, una jineteada o una doma.

Al amanecer, los colores tiñen el horizonte, los animales despiertan y el rocío hace que el verde del pasto o el dorado del trigo se vean esplendorosos. El aroma de la tierra mojada se funde con el del pan recién horneado y comienza una nueva jornada. Y a la noche, las últimas brasas de la parrilla se apagan para ceder su lugar a las luciérnagas y a las estrellas. Es ahí cuando aparecen las guitarreadas bajo un cielo extraordinario.

 

 

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