Con amigos o en familia, la playa se vive desde la mañana hasta la caída del sol. Entre mate y chapuzones, hay asegurados diversión, música, churros y otros clásicos bien argentinos.

La jornada se disfruta desde primera hora hasta el atardecer, porque el día de playa en Mar del Plata, en Pinamar, en Villa Gesell y en todo el Partido de la Costa tiene muchos pasos: desde jugar a la paleta o al truco hasta merendar con churros; desde acercarse a un parador a ver un recital hasta comprar pirulines y barquitos a un vendedor que va de una punta a la otra cantando sus ofertas.
La tradición familiar auténtica se vive por estos pagos, donde de generación en generación los viajeros eligen volver a visitar las mismas calles y, ante el sol estival, ir a darse un chapuzón en ciudades en las que gente de todo el país se encuentra. Hay diversión para los que prefieren aventurarse con los deportes acuáticos, pero también destinos con canchas de golf y de polo, médanos ideales para cabalgatas y bosques.
La oferta gastronómica incluye opciones para todos los gustos y bolsillos, y los hospedajes van desde hostels y hoteles hasta casas particulares y departamentos en alquiler. Cada temporada, llegar y percibir la brisa en la cara renueva el pacto, tanto como la sensación de hundir los pies en la arena. La ceremonia termina a la noche, cuando los visitantes ya relajados salen a probar frutos de mar, tomar un cafecito, recorrer una feria de artesanías o ver un espectáculo. Disco, teatro, video juegos y de vuelta la playa, en un círculo tan clásico como las viñetas de Mafalda.
 


A la Costa Atlántica se llega en auto por diferentes rutas nacionales y provinciales, en ómnibus y en algunos casos, como el de Mar del Plata, además en tren o en avión, al aeropuerto internacional Astor Piazzolla.

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