Escapada de sabores misioneros

Las exquisiteces que la gastronomía misionera tiene para ofrecer se prueban en medio de plantaciones de té, tierra roja y el paisaje del río Paraná. Chipa, sopa paraguaya, queso criollo, asado y mandioca son sólo el comienzo de este viaje culinario.

El primer día en tierra colorada marca el principio de una experiencia inolvidable por la provincia de Misiones. El monte que antecede al casco de la estancia es un retazo de selva habitado por monos carayá y pájaros de los más variados colores y más allá están los restos de un ajetreado pasado que se deja descubrir.

La escapada comienza con un desayuno típico: m'beyú, reviro, chipas, pan casero y dulce de caña, más el mate amargo de rigor. Esos nobles ingredientes se maridan con una charla en una galería iluminada por los tenues rayos del sol, que se cuelan entre los postigos.

La mañana sigue con los gauchos de alguna estancia que, en sus horas libres, se dedican a trabajar el cuero. Es posible encontrarlos trenzando bozales y cabezales para sus caballos y siempre están dispuestos a compartir los secretos de su tarea. A  media mañana ya se puede partir hacia el río, en cabalgata. En el embarcadero una pequeña lancha espera a los visitantes para navegar por el Paraná hasta el arroyo Garupá cual jangaderos. En el recorrido, se ven los pescadores que aguardan con paciencia en sus botecitos de madera. Gentiles, siempre saludan amablemente a los visitantes comentándoles el pique del día.

De regreso, no falta un asado; para ir picando, mandioca frita en bastoncitos, sopa paraguaya, chipa guazú y queso criollo componen un sabroso copetín a degustar entre historias sobre los tesoros jesuitas y los mitos que guarda la selva misionera. Al calor del mediodía, las hamacas paraguayas invitan a dormir la siesta o se puede seguir camino tereré en mano.

Una opción para continuar es la Ruta del Té, que propone aprender a cosechar, elaborar y degustar esta infusión. Recorrer una de las plantaciones implica perder la mirada en el infinito de verdes, más oscuros en las zonas cosechadas y más claros en las que aún no lo fueron. Allá a lo lejos, como una vena roja, se ve un camino de tierra recién llovido. Al final de la tarde, una mesa puesta abajo de un árbol centenario es el espacio ideal para calmar el calor con un té frío y masas finas. Después llegarán los tés negros y verdes, mientras el sol va cayendo.

El día puede terminar en una casa de campo donde armonizarse en un entorno de paz. Ante una vista increíble de ondulaciones y mantos pedregosos cubiertos de árboles de Urunday, un jacuzzi al aire libre y unos masajes con aromas de especias autóctonas serán un regalo merecido.

A la hora de la cena, una mesa improvisada en el monte se ilumina con pequeños candelabros y la luz de las estrellas. Buen escenario para probar una copita de licor casero de limón y escuchar cómo, a través del tiempo, los habitantes de la región sintetizaron en sus platos parte de su cultura y lo que la naturaleza les brinda. Hoy la cocina misionera es un símbolo y un reflejo de su historia, e invita a experimentar una singular fusión de colores, aromas y sabores.

 

A Misiones se llega en avión al aeropuerto Cataratas del Iguazú o al Libertador General de San Martín, en ómnibus o en auto, por la Ruta 105.

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