Jaaukanigás, el origen de la vida

Villa Ocampo

Uno de los mayores humedales de la Argentina recibe a sus visitantes con una orquesta de flora y fauna admirable: reptiles, aves, monos, quebrachos, timbós y peces de río habitan esta reserva de agua dulce de casi 500 mil hectáreas.

El agua cristalina de los esteros refleja la abundante vegetación que trepa al cielo hacia donde se mire. El sonido del entorno relaja a los visitantes y las huellas de los animales despiertan curiosidad por encontrar a quienes dieron pasos en medio del ecosistema salvaje. Sucede en Jaaukanigás (“gente de agua”), un humedal del noreste santafecino que con sus 492 mil hectáreas permite variedad de formas de acercarse a la naturaleza.

En el departamento General Obligado, este sitio Ramsar se posa sobre el “padre de los ríos”, el Paraná, y casi no fue intervenido por el hombre. Son kilómetros y kilómetros de agua dulce en un contacto completamente agreste, a los que se accede por cinco portales que conectan directamente con el relax, la sorpresa y la biodiversidad.

El guía lugareño de una de las cooperativas que recibe a los viajeros lleva a un grupo en una embarcación y señala un quebracho, más allá un timbó y un mistol. Son algunas de las especies de árboles que se levantan orgullosas en estos pagos y la casa de cientos de animales. Hay lobitos de río, osos mieleros, carpinchos y monos aulladores. Yararás, yacarés y hasta anacondas amarillas. Todos ansían cruzarse con un aguará guazú, una de las figuritas más difíciles, mientras que las aves se ven fácilmente y están representadas por más de 300 especies que pasean por ese paraíso acuático. Patos negros, sirirís y playeritos conviven con peces de río como el dorado, el sábalo y el surubí.

La fauna escapa del hombre y eso aumenta la adrenalina y la emoción por descubrir a los habitantes de la zona, hay que armarse de paciencia y tiempo para vivir el humedal. Acoplarse al ritmo que el agua propone y disfrutar de cada detalle: el aroma de la flora, la textura de los árboles, el roce de los pajonales que rodean la embarcación y las caricias del sol que acompaña.

Una escapada de entre dos y cuatro días permite experimentarlo al máximo durante todo el año, y en primavera y otoño el escenario sorprende con una paleta de colores única, al igual que ser testigo de un amanecer o un atardecer enmarcado en esta postal.

Hoteles en la ruta, cabañas sobre el río, camping en clubes de pesca y alojamiento rural son las opciones donde dormir y disfrutar de la gastronomía local, además de informarse sobre otras maneras de vivir este edén: canotaje, cabalgatas, senderismo, paseos en lancha, safaris fotográficos, avistajes, travesías 4x4, paseos en bicicleta y deportes acuáticos. Los viajeros se llevan de recuerdo artesanías en barro y madera y cientos de imágenes que los acompañarán para siempre recordándoles a la “gente de agua”.

 

A Santa Fe se llega en avión, al aeropuerto Islas Malvinas o al Sauce Viejo (a 15 kilómetros de Santa Fe de la Vera Cruz). También en ómnibus o en auto, por la Ruta 33, 34 u 11.

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