Salinas Grandes, mar de sal en la Puna

A pocos kilómetros de San Salvador de Jujuy, las Salinas Grandes ofrecen un espectáculo único que se recorre en una caravana de llamas. Perderse en la inmensidad blanca justo entre el atardecer y la noche, permite ver caer el sol y la salida de las estrellas en un paisaje majestuoso.

Luego de un almuerzo en Purmamarca, rumbo a Salinas Grandes, se comienza a subir serpenteando la cuesta de Lipán. Un té de coca ayuda a evitar el mal de altura y, mientras se degusta, el juego consiste en encontrar vicuñas en el camino. Cada curva tiene escondida la sorpresa de un nuevo paisaje y hacia atrás queda una estela de otros ya recorridos.

El pasaje de la colorida quebrada a la aridez de la puna es sorprendente y se comprende mejor el cambio de ecosistemas desde un mirador de interpretación geológica. Ese punto es el Corredor Biocéanico que conduce al Paso de Jama en el límite con el país vecino, Chile. A lo largo del camino se ven formaciones de los cerros que hacen volar la imaginación y otras que resultan más claras para todos, como “La tortuga”. También causan sorpresa los pequeños caseríos, refugios de pastores siempre acompañados de vicuñas.

Al llegar a Salinas, cerca del atardecer, el blanco de la inmensidad encandila. Las ancestrales y tranquilas llamas esperan a los visitantes que reservaron su excursión para empezar a recorrer ese manto en una caravana emotiva que invita a sacar un sinfín de fotos. El alto en el camino es para disfrutar un tentempié con productos regionales: hay salame de llama, vino jujeño, queso de cabra y dulces caseros que tientan y entretienen hasta que finalmente se acerca el horario de la caída del sol y ese espectáculo centra la atención de todos los presentes. La noche llega junto con el frío, así que es necesario abrigarse para ver las estrellas en un cielo absolutamente diáfano. La sensación de paz invade el cuerpo y por un momento todo queda en silencio.

El oasis de sal recibe a viajeros durante todo el año, dependiendo del momento se aprecian diferentes postales. Cuando llueve, brilla y se convierte en un espejo de agua, del mismo modo que según la hora del día se refleja el celeste del cielo, el turquesa de los piletones o el blanco más puro.

Los rituales son inevitables: sentir la sal entre las manos, descalzarse para apreciar el agua, la textura de la sal en los pies y sacarse fotos saltando. El nevado de Chañi y el de Acay, los más altos de la provincia, enmarcan ese paisaje tan exquisito.

En Barrancas, a 15 kilómetros de las salinas, hay alojamiento rural y gastronomía, y como yapa se aprecian pinturas rupestres en altos paredones, arte precolombino, grabados, petroglifos y pinturas que datan de distintos períodos de la historia. Antes de emprender el regreso, las comunidades originarias ofrecen sus recuerdos. Las llamas, los ceniceros, los cactus y los diferentes adornos realizados en sal permiten partir con un recuerdo palpable que guardará en su interior la experiencia.

A Jujuy se llega en avión, al aeropuerto Gobernador H. Guzmán, en ómnibus o en auto, por la ruta nacional Nº 40 o la ruta nacional Nº 52. Desde allí basta con tomar el camino consolidado hasta Barrancas –se aconseja en 4x4-, un buen lugar para combinar con las Salinas (ubicadas a 15 kilómetros).

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