Tucumán, descubrir un tesoro escondido

Ecosenda "Puerta del CIelo"

San Javier y Anfama cobijan a las majestuosas yungas, que se mantienen salvajes y esplendorosas, repletas de tesoros ocultos. Los visitantes aceptan el desafío de encontrarlos recorriendo senderos selváticos y puros.

Hay que ponerse las zapatillas y la ropa más cómoda: el objetivo es salir a andar hasta dejar atrás el ritmo agitado de la ciudad. Cambiarlo por paisajes nuevos y territorios desconocidos, sólo con la naturaleza y la compañía de aves y mariposas que revolotean a lo largo del recorrido. Todo eso se experimenta en unas horas, una jornada o una travesía de senderismo en San Javier y Alto de Anfama, en la provincia de Tucumán.

Esta zona geográfica, conocida como las yungas tucumanas, es un paraíso selvático en el norte que rebalsa de vegetación perenne y atraviesa distintas alturas. Cada visitante elige a cuál llegar de acuerdo al grado de dificultad que desee encarar y, entonces, comienza el desafío placentero que deja atrás la cotidianeidad.

El silencio del entorno envuelve a los caminantes que se dejan llevar, el aroma de las diferentes flores y plantas indica los cambios de vegetación y hay que decidir si detenerse a admirar el contexto y las vistas que regala la zona o ponerse límites, exigirse y continuar el recorrido.

Es mágico llegar a puntos de la provincia a los que de otra manera no se podría acceder; los autos no existen en estos parajes que no fueron tocados por el hombre, donde se dimensiona la inmensidad. Cada rincón es un tesoro virgen, la naturaleza en su estado puro, y suma a la travesía el compartir momentos con la gente del lugar, que permite vivenciar su cotidianeidad y recibe a las visitas con la generosidad y la sencillez que los caracteriza.

La naturaleza impone respeto y los viajeros se sienten pequeños ante tanta grandeza. De manera espontánea, nadie quiere tocar nada, porque el cuadro es perfecto tal como está, con cada hojita, cada ramita descansando sobre la tierra y cada elemento haciendo su trabajo para mantener el equilibrio del ecosistema.

Los cantos y los sonidos de los pájaros, las caídas de agua que se oyen al caminar, las luces y sombras que provoca la luz del sol colándose entre las copas de los árboles y los aromas salvajes hacen que la percepción de los sentidos se agudice. El viento en la piel, el crujir de las hojas y la textura de los pastizales y piedras remiten a lo sagrado.

Siempre hay guías baqueanos experimentados dispuestos a acompañar a grupos, familias paseantes o viajeros solitarios. Dependiendo el circuito que se elija, refugios, albergues, puestos de montaña y casas de lugareños reciben a los senderistas con sabores locales y bebidas reconfortantes. Las sendas más complejas tienen equipos de apoyo y hay prestadores para recorridos a caballo. Todo el año las yungas están ahí, creciendo y mutando para que cada persona que las atraviese se sienta tan única como el paisaje que relaja y alimenta el espíritu.

 

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