Valles Calchaquíes tucumanos, la mística de la madre tierra

Yungas, cerros verdes y ocres, ruinas históricas y cálidas comunidades reciben a los viajeros en Tafí del Valle, Amaicha y los pueblitos tucumanos cobijados por añejos cardones. Amor por la Pachamama, gastronomía y relax.

Para salir de la rutina y entrar en contacto con la naturaleza y lo ancestral, los valles calchaquíes en Tucumán son la elección adecuada en cualquier momento del año. Se trata de cambiar de aire, respirar profundo y atravesar los diferentes climas que vive la población local en plena conexión con la tierra y el cielo.

El paisaje de las yungas acompaña a los viajeros hasta Tafí del Valle, con un verde pronunciado que ofrece una hermosa postal. La flora y la fauna estallan en colores y abundancia. El cambio de las yungas al valle en medio de la ruta es impactante, al igual que el del clima. El “alpa-puyo”, un manto de nubes que baja desde la montaña y tapa Tafí a la mañana y a la tarde, da la bienvenida y los cardones son los guardianes del valle. Allí se emprende la Ruta de los Artesanos y se visitan las estancias productoras de queso. En ese ir y venir, los viajeros se nutren de la relación con la gente local, en armonía con la Pachamama.

Amaicha del Valle es el otro punto atractivo en donde se querrá recalar. Allí lo ancestral se refleja tanto en la arqueología como en su comunidad originaria, descendiente de diaguitas calchaquíes. Las ruinas de Quilmes reciben con guías locales, que muestran la ciudadela explicando cómo estaba organizada la población. El manto verde de la tierra se ve como si fuera una gran alfombra arrugada y, en medio de eso, se levantan las construcciones de piedra.

Llegar a Amaicha es como detenerse en el tiempo. El pueblo es uno de los mejor conservados en su arquitectura y la amabilidad está siempre presente, para compartir una copla, ofrecer un mate caliente o acompañar a quien quiera ver el salar cercano.

Cada zona está en equilibrio con la naturaleza. Las ofrendas a la Pachamama –apachetas- se observan a lo largo de todo el camino y en febrero la fiesta que le rinde homenaje a la tierra es un evento inolvidable.

En  el último tramo de los Valles Calchaquíes está el sector vitivinícola y de dulces. Allí están los productores y, en los pequeños pueblos de Colalao y El Pichao, las casas construidas en piedra y las Ruinas de Condor Huasi, en medio de los frutales.

Sea en agosto o febrero (mes del carnaval), cuando se hacen el entierro y el desentierro de la Pachamama, o el resto del año, los valles son un refugio. Desde Tafí, con sus cabalgatas y pesca (de noviembre a marzo) para disfrutar en el verano norteño en un microclima único, hasta Amaicha, con sus ocres y el cielo diáfano que se ve con mayor precisión desde el observatorio Ampimpa, todo invita a dejarse llevar en medio de estos escenarios increíbles.

 

A Tucumán se llega en avión al aeropuerto Benjamín Matienzo, en ómnibus o en auto, por la ruta nacional Nº 38 o la ruta nacional Nº 9..

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